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EL LIBRO DE DOÑA JUANA

  Se había acabado la guerra pero no llegaba la paz. En las últimas semanas los nacionales habían fusilado a varias familias del pueblo, la mayoría acusados de rojos. El caso de los Martínez compungió a todo el pueblo, los pusieron a todos frente a su casa, hombres, mujeres y niños, y los acribillaron. Castigo ejemplar, decía el teniente Arjona intentando justificar lo injustificable. Esa soleada mañana había órdenes de arreglar cuentas con los protestantes. Al parecer una familia había abrazado la herejía protestante y era necesario eliminar las manzanas podridas del pueblo. Los rojos ya habían sido fusilados, los gitanos expulsados y ahora faltaba eliminar el germen protestante. El teniente se acompañó del cabo Pacheco y del soldado Romero. ¡Vamos! Hay que dejar este pueblo decente como Dios manda. Vamos a casa de esa Juana López. El cabo Pacheco golpeó la puerta tres veces con la empuñadura de su fusil. - ¡Abran la puerta!   Somos la ley. -Juana abrió la puerta con ímpe...

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