EL LIBRO DE DOÑA JUANA

 


Se había acabado la guerra pero no llegaba la paz. En las últimas semanas los nacionales habían fusilado a varias familias del pueblo, la mayoría acusados de rojos. El caso de los Martínez compungió a todo el pueblo, los pusieron a todos frente a su casa, hombres, mujeres y niños, y los acribillaron. Castigo ejemplar, decía el teniente Arjona intentando justificar lo injustificable. Esa soleada mañana había órdenes de arreglar cuentas con los protestantes. Al parecer una familia había abrazado la herejía protestante y era necesario eliminar las manzanas podridas del pueblo. Los rojos ya habían sido fusilados, los gitanos expulsados y ahora faltaba eliminar el germen protestante. El teniente se acompañó del cabo Pacheco y del soldado Romero. ¡Vamos! Hay que dejar este pueblo decente como Dios manda. Vamos a casa de esa Juana López.

El cabo Pacheco golpeó la puerta tres veces con la empuñadura de su fusil.

- ¡Abran la puerta!  Somos la ley. -Juana abrió la puerta con ímpetu y preguntó enérgica.

- ¿Qué se les ofrece?

El cabo Pacheco retrocedió dos pasos, tropezó y casi pierde el equilibrio. Pareció empequeñecer ante la figura robusta y decidida de Doña Juana López Villar. El teniente Arjona tomó la palabra con fingida autoridad.

-        Mire usted doña Juana, venimos a llevarnos los libros protestantes que haya en esta casa, por orden directa superior.

Doña Juana respondió solícita.

-        -   Solo tengo un libro, ahora mismo se lo saco.

Doña Juana entró en casa y al momento les mostró su libro -Aquí lo tienen, la Biblia, este es el libro protestante que yo tengo. Ahí lo tiene usted, dígame qué hay de protestante en el libro, a ver qué es lo que está pasando aquí.

La cosa se puso tensa, el cabo y el soldado se miraron desorientados, el teniente agarró el libro y lo abrió para ver de qué se trataba. Lo abrió por la mitad, en la parte de arriba ponía Ezequiel 18 y leyó para sí “Mas el impío si se apartare de todos sus pecados que hizo, y guardare todos mis estatutos e hiciere según el derecho y la justicia, de cierto vivirá; no morirá”. El Teniente pasó unas hojas hacia delante y volvió a leer, esta vez en el evangelio de Mateo donde Jesús decía: “¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, más por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad”.

El teniente dejó de leer, un escalofrío recorrió su cuerpo desde su mala conciencia hasta sus pies, el tono de las palabras, la inmundicia, la hipocresía… le inquietaron aquellas palabras. Además, demasiados sepulcros se había encargado él de llenar. Dubitativo pálido y un tanto aturdido, devolvió el libro a doña Juana que lo miraba fijamente, con la mirada pura y tranquila de los que tienen la conciencia limpia.

-       Tenga, aquí tiene su libro doña Juana.

-       Muy bien –respondió la señora- ¡Vayan ustedes con Dios!

-       Con Dios señora -respondieron los tres al unísono mientras se marcharon por donde habían venido.

Doña Juana siguió siendo cristiana y protestante, leyendo y enseñando siempre sobre Jesús su Señor, leyendo historias en su libro, ese que nadie en el pueblo conocía.

En memoria de mi abuela materna, una mujer luchadora, tenaz y fiel hasta la muerte.

Jonatan Serrano, abril 2017

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